25.9.13

Deseos Pasados. Capítulo 2.

El incómodo silencio que viene después de mi risa me hace sentir... extraña. Todo el ambiente se convirtió en algo raro y lleno de energía. Como si una barrera se haya levantado entre el idiota y yo.
Yo, Julianne Cousteen, soy la persona menos indicada con quién hablar de amor. Nunca he tenido una pareja, ni mucho menos una estable. Mi mejor amiga es la única desde siempre. En mi casa, no hay una muestra de afecto presente: mi madre trabaja todo el día, y mi padre, además de abandonarnos, está muerto.
Pienso en mi primo... con quién debería estar ahora si no fuera por este idiota...
¡Mi primo!
Matthew, mi primo, es mucho mayor que yo. Me lleva ocho años. Está casado con mi ex-niñera, Kristen. Kristen y él fueron los únicos que me mostraron como podía ser el amor. Y su hija France, es quién puede demostrarlo.
Martin mira hacia abajo. Y luego, comienza a correr hacia un camino de árboles.
Trato de encontrar mis llaves dentro del auto, para así irme de aquí.
Pero sé, al no encontrarlas dentro del coche, a qué juego está jugando Martin.
Corro detrás de él, a través de los árboles y la maleza, hasta que salimos a un claro abierto. El sol de la tarde nos ilumina y una suave brisa sopla, revolviéndome el cabello.
Frente a nosotros, un auto oxidado de hace aproximadamente veinte años está clavado por la parte trasera a un árbol. Debió de haber chocado hace una década, más o menos.
Martin se sienta en la parte delantera, medio abierta, y me uno a él, dejando flotar los pies.
Me interesa lo que este idiota tiene que decirme. Desde niña, he aprendido a leer sus ojos, y ahora leo que hay de todo, menos mentira. ¿Acaso él iba a romper con su preciada zorra?
—¿Por qué quieres terminar con tu noviecita? — le pregunto, burlándome de él. Le doy un golpe en las cotillas, y extrañamente, ambos nos reímos.
—Simplemente... simplemente estoy harto de ella— me dice, encogiéndose de hombros—. Harto de todas sus exigencias, sus pedidos. Odio el equipo de futbol. Yo solo quería hacer natación. Pero ella me arrastró a eso. Dijo que no quedaría bien que ella fuera la novia del capitán de natación y no del de fútbol.
Me mira, sus ojos llenos de diversión.
—Ahora, dime pequeña Cousteen— me dice, y me patea el pie—. ¿Cómo es que eres una de las chicas más pedidas del instituto y nadie pide salir contigo?
Lo pienso un segundo, mirando hacia delante.
—Uno, odio a todos y cada uno de los estudiantes, exceptuando a Gemma. Dos, nunca me piden salir con ellos, y si lo hacen, los mando al infierno— hago una pausa, pensando en que nunca nadie me pidió salir, exceptuando a ese chico de segundo año. Pobre idiota. Terminó siendo humillado frente a sus compañeros—. ¿Cómo es que sabes que soy una de las más pedidas?
Él me sonríe, bastante pícaro. Se rasca el cuello inocentemente. Creo que querré golpearlo después de que me diga lo que tiene que decirme.
—Sé cosas que no todos saben— dice, suavemente—. Pero, dios mío, cualquiera diría que eres una de las más pedidas con ese trasero.
Con eso último, se ha pasado.
Le pego con mi puño en la cara. Siento su mandíbula crujir, pero no me importa. Mi cuerpo se llena de satisfacción y adrenalina. Me levanto, dejando de lado el hecho de que él tiene mis cosas.
—¡Eres un idiota!— le grito con toda la voz que tengo—. ¡Sabía que lo eras!
Me mira, con sus ojos brillosos. Hay burla en ellos. ¡Se está burlando de mí!
—¿Es por eso que ya no somos amigos? — me pregunta, ahora sus ojos se oscurecen. Me estoy alejando para marcharme, pero él me agarra del codo y me obliga a acercarme un poco.
—No somos amigos porque Arianna arruinó nuestra amistad— le respondo, tratándome de zafar de su agarre. Lo hago, y estoy caminando de regreso a mi auto, cuando escucho sus últimas palabras.
—Y esa es la razón por la que quiero terminar con ella— le dice al aire, y yo hago de cuenta de que no escuché nada.

Después de un largo rato sin compartir una sola palabra, Martin decide devolverme las llaves del coche. Lo empujo y cae sobre el tronco de un viejo árbol. No me importa que su mano haya tocado un par de ramas salidas y puntiagudas y que su mano esté sangrando un poco mucho. Ese es el menor de mis problemas ahora.
Salgo corriendo hacia el lugar por el que vinimos hace un largo rato. Mis zapatillas golpean la hierba debajo de mí, haciendo ruido cuando pateo alguna que otra piedra.
Corro hacia mi auto y salto dentro. Segundos después, estoy dando marcha atrás y salgo a la carretera de tierra por la que me trajo Martin.
Aprieto a fondo el acelerador, cosa de que Martin no tenga tiempo para alcanzarme. Ver a Martin ahora es lo que menos quiero.
Diez minutos después, me encuentro en el centro del pueblo.
Mi casa, una cabaña enorme, queda en los suburbios de Fort Nelson. Aparco en el garaje de mi casa. Mi madre no llegará de su empleo hasta pasadas las nueve, así que el interior del garaje brilla por la ausencia del otro coche.
Saco las llaves de mi bolso y tardo en lograr meterlas en el picaporte. Todo comienza a moverse frente a mí, como si estuviera en un salón de espejos. Comienzo a temblar, y mi cabeza comienza a doler.
¿Qué me está pasando?
La puerta se abre delante de mí y comienzo a ver todo borroso. Las llaves y el bolso se deslizan por mi brazo, como si ahora mi cuerpo fuera de mantequilla.
Y caigo al suelo, sumergida en una gran luz blanca.

Siento algo frío.
Siento algo raro.
Mis huesos duelen hasta el fondo de mí ser.
Estoy en una agonía casi perfecta, que podría matarme si fuera un toque más dolorosa. Pero, sinceramente, duele tanto que quisiera estar muerta.
Abro los ojos.
El pasillo principal de mi casa está sobre mí. La habitación está iluminada de un extraño blanco cegador y pálido.
Me levanto lentamente, mirando para todos lados, sin saber de dónde demonios viene la luz.
La puerta que lleva a la sala está frente a mí, las escaleras a mi izquierda. Mi cerebro comienza a orientarse en la habitación. Detrás de mí está la pequeña mesa en la que hay fotos mías y de mi madre y un espejo con marco plateado.
Me doy la vuelta al sentir el frío sobre mí.
Y grito.
En el espejo está reflejada una chica. No soy yo. Ella brilla. Tiene ojos blancos, piel pálida, su cabello es blanco, como la nieve. Mi ropa ya no es mi ropa, es en tonos de celeste gélido.
Me toco el rostro. Soy y no soy yo. Soy yo en el cuerpo de otra persona. Sí, es eso. Esa chica no puedo ser yo. ¡Soy un fenómeno!
El crepúsculo cae afuera, por la puerta entra el viento de la tarde de otoño. Me estremezco ante el frío. Todavía faltan semanas para el invierno, pero es patente la presencia de la nieve que pronto puede caer.
Escucho pasos en la puerta abierta.
Giro mi cabeza, y me fijo la medida de la situación.
Yo me encuentro brillando.
Martin se encuentra admirándome, de arriba abajo, como si fuera una modelo desnuda en una revista playboy.
—Eres hermosa— recita las palabras lentamente, ni bien da un paso adentro de mi casa.

Le miro conmocionada y desconcertada, y no sé si es por lo que me está pasando o por lo que él acaba de decir... Oh, Dios, ¿Él no acaba de decir esa palabra, verdad?

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