7.9.13

Los Híbridos. Capítulo 1.

5 AÑOS DESPUÉS...


Los gritos nos despiertan. ¿Por qué demonios no podemos dormir hasta las ocho de la mañana sin que un maldito grito nos despierte?
Es lo mismo. Todas las santas mañanas desde que he llegado aquí.
Josh saca su brazo de encima de mí y suspira, pasándose las manos por los ojos. Si fuera por él, dormiría hasta las doce del mediodía, pero yo simplemente no puedo dormir pensando que debajo nuestro hay alguien sufriendo tanto. Y los gritos son testigos de que no hay nada bueno allá abajo.
—¿Sabes? Podría quedarme aquí para siempre— me dice Josh, incorporándose en la cama. Su abdomen se frunce y se marca más de lo marcado que está.
—No me malinterpretes— le respondo, mientras me estiro, dejando que él vea más de lo debido, para mí gusto—. Solo me quedo aquí porque en mi apartamento los gritos son mucho más fuertes.
Él me mira y se ríe, un poco demasiado exagerado.
—Para beneficio de ambos— dice. Le pego en la espalda. Odio esos comentarios de él. Hacen que lo vea como un... gilipollas.
—Eres un idiota— le digo. Si sería una híbrida con poderes de fuego, mis manos estarían quemando las sábanas de mi ex-vecino, mientras él me dirige una de esas sonrisas que hacen derretir a cualquier chica. A cualquiera menos a mí.
Rememoro el crecimiento de Josh a través de los años, ya que, desde hace cinco años, casi seis, que él y yo estamos en la Ciudad de Tres Pisos.
Mia fue separada de nosotros cuando entramos a la ciudad, ya que la trasladaron al área del hospital debido a sus poderes. Sin embargo, tanto a Josh como a mí nos anotaron en el área de tierra. Aunque todos saben que, durante nuestra más tierna infancia, Josh y yo somos el agua y el aceite.
Primero, Josh me molestaba cuando yo era niña, tirando bombas de agua por la ventana de sus padres hacia la mía. Eso fue hasta que yo cumplí trece y cerré mi ventana por el resto de mi vida en mi viejo hogar.
Segundo, somos todo lo contrario, literalmente, hasta en el aspecto físico.
Tercero, él puede camuflarse con el ambiente gracias a su poder híbrido. Mientras que yo... bueno, ni los líderes híbridos tienen idea de qué papel debo llevar a cabo. Combatiente, es porque yo puedo leer, hablar y entrar a las mentes de otros. Hipnotizante es que puedo influir sobre las personas a que hagan algo que tal vez quieran o no. Y el Angelical... bueno, que después de que cumpla treinta, puedo entrar para candidata para ser la Balanza, aunque esa idea nunca me entusiasmó demasiado, ya que la Balanza es uno de los puestos más importantes en el gobierno. Su trabajo es mantener el equilibrio entre los humanos y los híbridos, pero no me gusta la idea de ser la intermediaria entre dos sociedades que se odian.
Yo me acuerdo que, en su momento, odiaba con toda mi alma a los Híbridos. Y bueno, así estoy, siendo una y viviendo con ellos.
—Déjame vestirme, por favor— le digo a Josh, mientras me siento a un lado de la cama y me paso las manos por los ojos.
Todavía sigo sin entender cómo es que, después de cinco años, no he besado a Josh. Ni siquiera estoy enamorada de él, a pesar de que durante los últimos cuatro años estuve durmiendo en su cama, junto a él, bajo la protección de su cuerpo.
Él asiente y se levanta para ir a ver la ventana, que tiene una hermosa vista del centro de la ciudad, y mientras tanto, los gritos cesan.
Los gritos provienen del subsuelo. Cada mañana, en el hospital entran híbridos que no logran soportar su poder, en su mayoría, los nuevos. De nuestra generación solo cuatro entraron al hospital, agonizando porque su cuerpo humano no aceptó a las partículas prohibidas. Dos de ellos, murieron, mientras que los otros debieron someterse a una terapia Híbrida, la cual desconozco y no quiero conocer. Mia debe tratar a la mayoría de los que tiene problemas con sus poderes, aunque muchos mueren en el proceso de curación.
Entro en el pequeño baño, despejándome con cada paso que doy, y me ducho rápidamente. Es lo mismo todas las mañanas, y ya se ha convertido en una rutina.
Despertarme, ducharme, vestirme e irme.
Si con Josh diríamos que estamos saliendo, nos podrían cambiar de apartamento a uno de convivencia, para parejas, pero a mí no me apetece mentir diciendo que él es mi pareja. Asco.
Salgo de la ducha tibia y me paro sobre la secadora. Pongo mi talón en el botón que se encuentra debajo de mí y lo aprieto para que el aire salga hacia arriba. Segundos después, ya estoy seca y me pongo la ropa interior, seguida por el vestido rojo que agarré de mi armario antes de dirigirme hacia aquí.
Salgo del baño y el trasero de Josh está sobre las sábanas de nuevo, me río y voy a buscar un vaso de agua al baño. Tomo un par de tragos y el resto lo deposito sobre la cabeza de mi compañero.
Salta y escupe el agua que entró a su boca.
—¿Por qué eso? — me grita, mientras sacude su cabeza empapada.
—Me dio la hermosa tentación de sacarte de tus sueños— le digo, con una sonrisa burlona.
—Los sueños en los que sueño contigo des... — agarro una almohada y le pego con ella en la cabeza. No puede ser tan ordinario.
—Si llegas a terminar esa oración, te juro que es tu último minuto en el que hablas.
—No puedes hacer nada, Kya, no más que entrar en la mente de otros— dice. Cuando se agarra la cabeza, levanta la mirada—. Bien, tú ganas, si te sirve de algo.
Le sonrió, mientras regreso mi mente a su lugar después de meterme en la de Josh. Esta era un huracán de sentimientos que no logro interpretar.
—Bien, ahora te irás a duchar— le dije, en tono maternal que era el que servía la mayoría de las veces para hipnotizar a mis víctimas.
Josh sacude la cabeza, y se dirige a la puerta de su apartamento.
—Por cierto— dice Josh, mientras me abre la puerta de su apartamento—, si quieres puedes fijarte que no era broma lo del sueño.
Lo miro con una mirada de odio, como de costumbre.
—No, gracias— cierro la puerta yo misma antes de que pueda decirme alguna otra estupidez, porque, después de todo, pareciera que ese es su mejor trabajo.
En el camino hacia mi habitación en la primera planta, me cruzo con Evan. Evan es el director de los Híbridos que viven entre las plantas una y ocho del edificio N, que es la residencia de los solteros.
Y, por suerte, quiere casarse con una Viajera. Yocasta, mi vecina, es una Viajera. Ellos pueden viajar en el tiempo, teletransportarse, cambiar las horas o cosas así, pero envidian a los poderes que sirven para comunicarse con las mentes de otros. Como mí poder. Yocasta ya lo superó hace tiempo, y se la pasa genial yendo detrás de Evan tratando de llamar su atención, aunque él no le devuelva toda esa atención.
Evan me saluda con la mano y yo asiento hacia él, mientras se pierde por la esquina del pasillo. Apoyo mi mano en el lector de huellas digitales y se abre mi puerta.
A todos los híbridos solteros se les asigna una habitación de los edificios de la “K” a la “O”;  a las parejas se les asigna de la “A” a la “J”; a las familias de la “P” a la “Z”, si es que no se les asigna una casa en los suburbios.
Mi apartamento tiene dos habitaciones. Mi sala de estar siempre fue roja, con una pantalla plana frente a los sillones, y en el otro extremo está la mesa, al lado de la puerta que lleva a la pequeña cocina. La habitación principal es verde oliva y blanca, conectada con el gran baño. Entro a mi sala de estar y me tiro sobre el sofá.
Agarro el celular que dejé cargar toda la noche y me fijo los mensajes. Dos externos.
No puede ser otra persona que mi madre, porque es la única persona que tiene autorización para llamarme.
Ella y yo solo hemos tenido contacto por llamadas, una vez al día. Mi hermano me vino a visitar una vez al año, con video-visitas de mi madre, aunque el año pasado Lance debió pasar el escáner y no pudo venir a visitarme más. Los extraño. Me imagino su dolor tan grande como el que sentimos los tres cuando mi padre murió cuando yo tenía diez.
Marco el número de mi madre y espero a que conteste, aunque me salta al buzón de llamadas. Claro, en mi vieja casa todavía es de madrugada.
Bien, será para otra hora.

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